sábado, 8 de diciembre de 2007

De cómo conocí (personalmente) a los Beatles

Llegar a Nueva York en canoa no es cosa trivial, ni siquiera tras haber cruzado indemne el vasto océano. El pan se quema en la puerta del horno, dicen, y la desembocadura del río Hudson es un enjambre de remolinos cuyas corrientes tienen a la Estatua de la Libertad con escoleosis crónica.

Atraqué mi precaria embarcación entre dos cargueros de desconocida procedencia. Unos tripulantes me tendieron una escalerilla y una vez en tierra firme me invitaron a subir a bordo y compartir unas buenas botellas de vino francés. Toda la comunicación, por lo demás banal, entre ellos y yo pasaba por un hombrecito de tez pálida y atroz corbata que hablaba varios idiomas, aunque los tartamudeaba todos, salvo, por algún misterio, el cantonés. A todas luces, no pertenecía a la tripulación, pero su vínculo con estos hombres no me resultaba nada claro. Me pareció en un momento entender que se referían a él, entre risas, como “el abogado”. Cuando los marineros parecían haber caído en un primer estado de letargo, le pregunté si sabía de algún trabajo que yo pudiera realizar en la ciudad. Me dijo que sí, que tenía unos amigos que tal vez podrían sacarme de apuro.

Al día siguiente una voz me despertó desde el muelle. Reconocí el sonsonete de ametralladora trabada de la noche anterior. Subí la escalerilla procurando no pillarme los dedos y cuando me encontré frente a nuestro hombre, me dijo, exultante: Cri-i-i-i-i-Cris-tóbal, los Beatles es-es-es-tán en Nueva-va-a York, están fa-aaaa-mosos, y quie-quie-quie-ren a-yu-da-a-a-ar-te.